Martín se despertó tarde aquella mañana porque su despertador no sonó. Miró el reloj y se dio cuenta de que solo tenía veinte minutos para llegar a la estación.
Se vistió rápidamente, no desayunó y salió de su apartamento casi corriendo. En la calle, no encontró ningún taxi libre, así que decidió correr hacia la estación de metro más cercana.
Cuando por fin llegó al andén, el tren ya estaba cerrando las puertas. Martín intentó llegar a tiempo, pero fue inútil: el tren salió justo delante de sus ojos.
—¡No puede ser! —pensó, respirando con dificultad—. Ese era el único tren que llegaba a tiempo a mi reunión.
Frustrado, se sentó en un banco del andén y sacó el teléfono para llamar a su jefe. Le explicó la situación con calma y, para su sorpresa, su jefe no se enojó.
—No te preocupes, Martín —le dijo—. Podemos empezar la reunión quince minutos más tarde. Avísame cuando estés cerca.
Aliviado, Martín esperó el siguiente tren, que llegó diez minutos después. Durante el viaje, pensó que debía comprar un despertador nuevo, uno más fuerte y confiable.
Cuando finalmente llegó a la oficina, sus compañeros lo recibieron con una sonrisa. Nadie se había dado cuenta de que había llegado tarde, porque la reunión todavía no había comenzado.
Esa noche, antes de dormir, Martín programó tres alarmas diferentes. No quería repetir la misma experiencia nunca más.