Valentina llevaba dos semanas preparándose para la entrevista de trabajo más importante de su vida. Había investigado la empresa, había practicado sus respuestas y había elegido con cuidado la ropa que iba a llevar.
La mañana de la entrevista, llegó a la oficina con quince minutos de anticipación. Se sentó en la sala de espera, con las manos un poco sudorosas, y repasó mentalmente sus argumentos una última vez.
Cuando la recepcionista la llamó, Valentina respiró profundamente y entró a la sala de reuniones. Allí la esperaban dos personas: el gerente de recursos humanos y la directora del departamento de marketing.
—Cuéntenos sobre un proyecto del que se sienta orgullosa —le pidió el gerente.
Valentina habló sobre una campaña publicitaria que había liderado en su trabajo anterior. Explicó los problemas que había enfrentado y cómo su equipo había logrado superarlos.
La directora hizo varias preguntas sobre cómo Valentina manejaba el estrés y los plazos ajustados. Valentina respondió con ejemplos concretos, sin dudar demasiado.
Al final de la entrevista, el gerente le agradeció su tiempo y le explicó que se comunicarían con ella en una semana.
Valentina salió del edificio con una mezcla de alivio y ansiedad. No sabía si había respondido bien a todas las preguntas, pero sentía que había hecho su mejor esfuerzo.
Esa noche, mientras cenaba con su familia, les contó cada detalle de la entrevista. Su madre la abrazó y le dijo que, sin importar el resultado, estaba muy orgullosa de ella.
Una semana después, Valentina recibió una llamada: había conseguido el trabajo.