Cada mes de diciembre, mi pueblo natal en Oaxaca se transforma por completo. Las calles se llenan de luces de colores, los puestos de comida aparecen en cada esquina y el aroma a pan de fiesta y chocolate caliente se siente desde temprano en la mañana.
La celebración principal dura nueve días y se conoce como «las posadas». Cada noche, un grupo de vecinos recorre las calles cantando villancicos y pidiendo posada de casa en casa, tal como lo hicieron José y María en la historia bíblica. Al final del recorrido, la familia anfitriona abre sus puertas y ofrece ponche caliente, tamales y, por supuesto, la tradicional piñata.
Recuerdo que, de niño, esperaba todo el año el momento de romper la piñata. Nos vendaban los ojos, nos daban un palo de madera y nos hacían girar varias veces antes de dejarnos golpear. Cuando finalmente la piñata se rompía, todos corríamos a recoger los dulces y las frutas que caían al suelo.
Mi abuela siempre decía que las posadas no eran solo una fiesta religiosa, sino también una manera de fortalecer los lazos entre los vecinos. «Aquí nadie festeja solo», me repetía cada año mientras preparaba tamales para compartir con toda la cuadra.
El último día de las fiestas, el 24 de diciembre, toda la familia se reúne para la cena de Nochebuena. Comemos bacalao, romeritos y, al dar la medianoche, brindamos con sidra mientras suenan los cohetes en el cielo.
Aunque ahora vivo lejos, en otra ciudad, cada diciembre siento la necesidad de volver aunque sea por unos días. Mi pueblo tiene algo que no encuentro en ningún otro lugar: esa sensación de que, durante nueve noches, toda la comunidad late al mismo ritmo.
Cuando mis hijos me preguntan por qué viajamos tan lejos cada Navidad, les cuento estas historias y espero que, algún día, ellos también sientan ese mismo cariño por las tradiciones de su pueblo.