Hacía más de diez años que Julián no volvía a Buenos Aires. Cuando el tren se detuvo en la estación de Retiro, sintió una mezcla extraña de nostalgia y desconfianza, como si la ciudad ya no le perteneciera del todo.
—¿Vos sos de acá? —le preguntó una mujer que viajaba en el asiento de enfrente, notando quizás la expresión perdida en su rostro.
—Nací acá, sí —respondió Julián—, pero me fui hace mucho tiempo. No sé si todavía puedo decir que soy de acá.
La mujer, que se llamaba Renata, sonrió con complicidad. Le contó que ella también se había ido de joven, aunque había regresado hacía ya varios años, cuando su padre se enfermó y necesitó que alguien cuidara de él.
—A veces pienso que uno nunca deja de ser de un lugar, aunque se vaya —dijo Renata, mirando por la ventanilla—. Es como si la ciudad te esperara, sin importar cuánto tiempo hayas estado afuera.
Julián no supo qué responder. Durante el viaje, había evitado pensar demasiado en lo que encontraría al llegar: la casa de su infancia, ahora vendida a otra familia; el bar de la esquina, tal vez cerrado; los amigos que, con los años, habían dejado de escribirle.
Cuando el tren finalmente entró en la estación, Julián bajó despacio, como si temiera que sus piernas no recordaran cómo caminar por esas calles. El aire olía distinto de lo que recordaba, aunque no sabría explicar exactamente en qué.
Antes de despedirse, Renata le dio un consejo que Julián guardaría durante mucho tiempo:
—No busques la ciudad que dejaste. Esa ya no existe. Dejate sorprender por la que encontrás ahora.
Julián caminó por Avenida Santa Fe sin rumbo fijo, dejando que sus pies decidieran el camino. Reconoció algunos edificios, otros habían cambiado por completo. En una esquina, encontró una confitería que, para su sorpresa, seguía funcionando después de tantos años.
Entró, pidió un café con leche y unas medialunas, y se sentó junto a la ventana. Mientras observaba pasar a la gente por la calle, entendió que quizás Renata tenía razón: no había vuelto a buscar el pasado, sino a descubrir en qué se había convertido su ciudad — y, en el fondo, en qué se había convertido él mismo.